Hubo durante bastante tiempo en varias paradas del metro en Madrid (puede que aún queden por ahí) unos carteles de una secta vagamente cristiana, donde salían los retratos de seis animalitos y un texto que no recuerdo bien, pero tipo "mírame a los ojos y dime si me comerías"... y bueno, aunque admita que el corderito podría dar algo de pena, la gallina que salía en otra foto me dejaba bastante frío. Por no hablar del pescado (¿?; no es precisamente mi prototipo de "animal adorable"), que seguramente fuese el único que no me comería, visto el oloroso aspecto que presentaba...
Entre los animales del cartel salía también un cerdito; y fue el responsable de que me acordase ayer del mismo, al ver asomar de entre la fuente de carne del cocido un inequívoco morro porcino, con su aspecto de enchufe grasiento. Del cerdo se aprovecha todo, está claro; pero hay una serie de partes (oreja, morro, dente... lo que viene siendo la cachucha as a whole) que si de mí dependiera se aprovecharían solo para adornar las charcuterías en Carnaval.
¿Y todo lo anterior para qué? Para recordaros a todos el enfoque más lúdico-literal de que a todo cerdo le llegue su San Martín, y decir que las castañas asadas casi (casi...) hacen que merezca la pena que llegue el otoño



