7/9/14

Y aún más historias hormiguiles

Las hormigas no eran sólo un ingrediente esencial de mis juegos infantiles en Orense, sino también, claro, en la aldea. Frente a casa, justo cruzando la carretera, había todos los años en una grieta del suelo un hormiguero de Messor; y cuando me dejaban aparcado en la aldea con mis abuelos y después de comer ellos desaparecían para dormir la siesta, uno de mis entretenimientos más normales era bajar a putear a las hormigas: las miraba transportar semillas de lo más variado, y de vez en cuando agarraba yo la semilla que fuese por el otro extremo y la levantaba para ver a la pobre bicha patalear en el aire. Otras veces salía a relucir el daño que ya habían hecho en mi los documentales, y como quiera que había escuchado que los chimpancés usaban palitos para, hurgando en los hormigueros, sacar luego prendidas del mismo las hormigas enfadadas para comérselas, pues me dedicaba a hacer yo igual, niño copiando del mono; aunque no me las comía, sino que sólo contaba a ver cuántas podía sacar enganchadas a la vez. Ya cuando estaba muy muy aburrido me salía la vena de curiosidad malévola: la clase de curiosidad que se pregunta qué dura más tiempo vivo, si una hormiga sin abdomen o una sin cabeza... pobrecillas, la verdad, pobrecillas. No sé para qué os cuento todo esto. Qué turbios son a veces los comienzos de un biólogo...

6/9/14

Más historias hormigueras

Pese a los desvelos de mi tía que os comentaba ayer por inculcarme sentimientos elevados, la verdad es que muchas veces de pequeño las hormigas pasaron por mis manos de la vida a la muerte. Me salva (un poco al menos) que no las mataba por matar, sino con algún fin, el más común de los cuales solía ser dárselas de comer a algún otro bicho (o intentarlo al menos, ya que las hormigas son pura quitina, mandíbulas y aguijón; y no suelen gustar a muchos). Mi "truco de magia" favorito era sin duda jugar con ellas a Tiburón: mi tía me llevaba muchas veces al parque del barrio de El Pino, saliendo de mi casa en dirección opuesta al centro. Es una tira de terreno vagamente triangular y alargada, encajonada entre la carretera y el terraplén de las vías del tren. Era de aquellas un parque bastante asalvajado, lleno de bichos, donde una de mis mayores diversiones era ver pasar corriendo alguna rata por la cuneta que lo bordeaba. En su parte más estrecha estaban los juegos: columpios, toboganes, "cosas para trepar" y en general mamotretos enormes y llenos de óxido, aristas y barras donde romperse la nariz (ejem). Luego una pradera de hierba, y en la parte más ancha un jardincillo en terrazas, con una fuente que caía según los niveles del parque y que ahora está seca. Las aguas turbias de esa fuente bullían de bichos: básicamente caracolillos de agua y chinches barquero. Y yo me dedicaba a tirar unas cuantas hormigas al agua, y a esperar. Las pobres pataleaban por la superficie, intentando agarrar algo con sus patas... pero este pataleo era enseguida detectado por las chinches barquero, que apareciendo de las tinieblas acuosas subían, agarraban a las infortunadas con sus dos primeros pares de patas y, en unas pocas remadas, desaparecían de nuevo en las profundidades abrazando mortalmente su presa. Y contemplando eso boquiabierto podía echar la tarde entera...

5/9/14

Derecho (hormiguil) a la vida

Ayer por la mañana, de camino a la Facultad, al pasar por el medio del meadow, resulta que las locas de las hormigas habían cambiado sus rutas de recolección de semillas, y en vez de cruzar transversalmente el sendero, tiraban longitudinalmente por el medio del mismo: para cuando me quise dar cuenta llevaba unos cuantos metros pisoteándolas con descuido, y al tiempo que saltaba como acto reflejo hacia un lado, se me escapó un "¡perdón!" en voz alta... Y me acordé de un episodio infantil , en el que, estando jugando con un niño en el parque, bajo la mirada de mi tía y la abuela o lo que fuera de aquel enano, éste empezó a aplastar hormigas con un dedo. Y yo, que ya venía bien aleccionado por mi tía de ocasiones anteriores, aparentemente ("aparentemente" porque yo en realidad no lo recuerdo, sé lo que me cuenta ella) le dije: "no las mates, que tienen derecho a la vida". La abuela del niño le comentó entonces a mi tía que "ay, ¡qué bien, este niño! ¡Ojalá todos los terroristas pensasen así!"... y al segundo siguiente estábamos el otro crío y yo machacando hormigas a dos manos. Ya cada uno que saque la moraleja que vea...

3/9/14

Tal vez no destilen glamour....

 ... pero, y otra cosa no, las palomas son las aves urbanas por excelencia. Y como tales se merecían su articulito en EMNMM. Os dejo pues con el número de septiembre, ¡que lo disfrutéis!


2/9/14

Cien años sin Martha

Se sabe más o menos la fecha en que desaparecieron la mayor parte de las especies extintas recientemente... pero ya saber el día exacto es un poco más difícil. Se puede, sin embargo, si coincide que el último ejemplar de la especie lleva ya años viviendo en un zoo, olvidado ya todo recuerdo de sus congéneres silvestres. Y ayer en el mundillo ornitológico recordamos que se cumplían cien años de la muerte de Martha, un animal ciertamente icónico: la última paloma migratoria, en tiempos posiblemente el ave más abundante del mundo. El artículo que enlazo está imbuido del tono "autoinculpatorio" que tanto deploro, pero en este caso concreto es difícil evitarlo. A ver si no se nos acaban yendo también nuestras palomas migratorias: las tórtolas europeas; a ver...

1/9/14

Un domingo por los aires

 Por los aires, pero ni en avión ni en globo: sino en el teleférico de la Casa de Campo: un antojo repentino de mi hermano, que nunca había subido (yo sí, en las excursiones de chaval a Madrid) mientras íbamos paseando por el Parque del Oeste. Tan repentino fue que no llevaba la cámara a mano, así que ya lo siento, pero tiro de móvil.

 Cada una de las cabinas, de hasta seis personas, tiene su número. Y como vienen desordenadas se me ocurrió que una ocupación bastante absurda podría ser ponerse en alguno de los parques sobre los que pasan los cables con unos cartones del bingo, e ir tachando números en función del de la cabina que pase... si alguno lo hacéis, agradeceré mucho que me lo hagáis saber.

 El recorrido pasa lo suficientemente lejos de las principales vistas de Madrid como para que los edificios más representativos apenas destaquen entre los árboles si uno no sabe de antemano cuáles son. Pasa uno en cambio sobre mucho parque y algunos edificios, sobre los que sería curioso imaginar el resultado de que se cayese una de las cabinas. Pasa incluso bastante cerca de la fachada de alguna torre de pisos, y me imaginé que si allí viviese mi tía, en vez de donde lo hace en Orense, frente a la estación como nosotros; seguro que de pequeño me habría pasado las horas muertas a su cuidado en su casa viendo pasar el teleférico, en vez de los trenes...

 Lo que más me gustó, ya veis qué tontería, fue ver desde arriba el vivero municipal de la Casa de Campo, zona de acceso restringido donde se producen plantas para los jardines de la ciudad. Parecía estar todo la mar de bien cuidado...

La Casa de Campo: el teleférico es realmente la mejor manera de darse cuenta de lo extenso que es esta mezcla de encinar y pinar que, justo a las puertas de la ciudad, la frena y desvía por el norte y el sur. Una zona (yo no la llamaría "parque": aunque esté más manejada que un monte de verdad, esa palabra como que no le pega) que tengo la mar de inexplorada a resultas de su mala fama, pero donde seguro que hay sitio para todo, también lo bueno.

Y otro agosto que se nos fue...