8/10/07

YouTubeando

Aquí podéis ver vídeos caseros del tornado del jueves pasado a fartar. Me gusta especialmente el primero; se ven bastante bien a la izquierda del coche tanto el color como los rayos "sobre las nubes" que intenté describir el viernes. Suerte que tuvo él, que pudo seguir circulando con su coche porque no estaba debajo...

Día de las Aves


El sábado pasado fue el Día Mundial de las Aves, y para celebrarlo decidí quedar con Lalo (el ornitólogo galaico-mallorquín) para que me enseñase el Parque Natural de S’Albufera de Alcùdia, la zona húmeda más significativa de las Baleares, y también una de las más importantes de España. En dicha albufera crían algunas especies muy escasas a nivel estatal, como el avetoro, la focha moruna o el carricerín real (tres especies que deseaba ver, pero que se quedaron -en esta ocasión- en el tintero); amén de ser zona de paso e invernada para otras muchas aves acuáticas.
La jornada comenzó para mí con un viaje hasta Inca por la única línea operativa de tren (un metro ligero, en realidad) de la isla: Palma – Santa Ponça/Manacor. El vendaval del jueves parecía haber seguido el camino de la vía para atravesar la isla, y por todas partes se veían árboles desgajados o desarraigados. En Inca me recogió Lalo, y “atacamos” acto seguido la zona sur del humedal. Tenía una lista mental bastante extensa de especies que esperaba ver, y al poco de llegar se subió la primera a la libreta: Un precioso macho de pechiazul Luscinia svecica. Tras buscarlo infructuosamente en julio en sus lugares de cría en Guadarrama, he ido a encontrarlo en las zonas húmedas donde pasa el invierno.
Empezaba fuerte el día, pero aunque las busqué no conseguí ver ninguna otra de mis especies objetivo. No por ello dejó de ser la del sábado una jornada maravillosa. Poco después de dejar los campos del pechiazul, nos encontramos con tres alcotanes Falco subbuteo en migración, atiborrándose a base de libélulas y descansando en los cables de la luz. Estos preciosos halconcitos hicieron las delicias de Lalo, que tuvo ocasión de grabarlos en vídeo.
Dentro ya del humedal, había aves por todas partes, y lamenté enormemente no tener a mano el telescopio, porque muchos “puntitos” se quedaron sin identificar.
Resumiendo: la Albufera es un lugar precioso, y pienso repetir visita en cuanto tenga la ocasión. Por ejemplo, este próximo puente, ya que no viene nadie a verme...

5/10/07

El color del caballo

Había estado lloviendo toda la noche, y por la mañana todavía Palma estaba cubierta por un denso manto de nubes. Sin embargo, a lo largo de la mañana se habían ido abriendo claros cada vez mayores, y el sol brillaba radiante a la hora del café. La calma que precede a la tormenta; ya que el tópico viene tan a cuento...
Empezó a cubrirse de nuevo, y cuando a las 17:15 Alexia (otra orensana becaria del IMEDEA) y yo cogimos el autocar de vuelta a la ciudad de nuevo un descomunal muro gris se abatía sobre la isla. Acercándonos de nuevo a Palma, como 100 m antes de la rotonda desde la que parte la carretera a la Universidad y a Valldemossa por la cual veníamos, la tormenta se nos echó encima. El día se volvió noche, y acto seguido comenzaron a caer los primeros rayos. Pero no, "caer" no es la palabra adecuada; realmente los rayos parecían brillar por encima de las nubes, como si proviniesen de otras situadas aún más arriba. El cielo cobró una luminosidad irreal; un tono verde amarillento que evocaba recuerdos de enfermedad. Me acordé del cuarto caballo del Apocalipsis, ése cuyo color a veces es traducido como cetrino y otras como macilento; no sabría darle yo un nombre, pero estoy seguro de que es el mismo que el del cielo de Mallorca ayer por la tarde.
Todos los vehículos se pararon. Y comenzó a llover. Y comenzó a soplar. De repente el agua jarreaba con una fuerza inusitada, agitando el autobús e impidiéndonos ver incluso los coches detenidos junto a nosotros. Fueron como diez minutos de tensa espera, en silencio; mirando sin ver nada más que masas oscuras inidentificables que pasaban, fugaces, entre la lluvia.
Comenzó a amainar el vendaval y a aumentar la visibilidad. No fue un águila lastimera si no una garza real la que, venida de ninguna parte, pasó volando sobre nosotros sosegada y majestuosamente, como si la galerna no fuera con ella.
Cuando a las seis de la tarde volvió a amanecer, comenzamos a darnos cuenta de lo que había pasado. Por todas partes había restos de plantas y material de construcción que había salido volando, despedido por el viento e impactando aleatoriamente con los automóviles retenidos en el atasco, rompiendo chapas, lunas, brazos y cabezas. En la rotonda, donde antes había un poste de alta tensión ahora no quedaba si no un amasijo de hierros, caído junto con los cables que soportaba sobre los que tuvieron la mala fortuna de detenerse allí. Grandes planchas de metal habían salido despedidas contra las farolas y, al chocar, se habían apretado en torno a ellas como una pañoleta de aluminio...
De los vehículos, que formaban ya una cola de varios Km. tras nosotros, comenzaron a llegar riadas de curiosos, deseando contemplar el dantesco espectáculo. Pasada media hora, cuando se hizo evidente que el autocar todavía estaría allí retenido largo tiempo, también Alexia y yo decidimos salir del autocar y volver andando a Palma. Junto a la rotonda, donde ya comenzaban a llegar multitud de ambulancias, bomberos y policías; la depuradora y otras naves industriales habían perdido paredes y techos, exponiendo sus interiores al sol que ya volvía a calentar. Tras dar un largo rodeo para evitar la zona donde el tendido eléctrico se había venido abajo, llegamos por fin a la ciudad. Las calles de la zona alta ofrecían así mismo un aspecto desolador: árboles gruesos tronzados como cañas; fachadas reventadas, sin azulejos ni cristales en las ventanas; montones de lodo, hojas y basura en todas las esquinas y atascando las alcantarillas...
Y el resto, ya lo habéis visto en la televisión. Un tornado, 20 heridos, 50 coches siniestrados en la rotonda, 100 m por delante de nosotros... Mallorca; paraíso mediterráneo.

4/10/07

Culling, ergo sum

Uno de los muchos temas con los que trabaja mi grupo es el del estudio de los efectos de los descastes (o culling). En términos de manejo de poblaciones de animales, se denomina descaste a la eliminación de los ejemplares “sobrantes” de una población: Un ejemplo clásico sería el control de una especie depredadora que afecta muy negativamente a otra especie amenazada.
En España, e impulsados por las Consejerías de Medio Ambiente correspondientes, se han efectuado muchas veces descastes de gaviotas patiamarillas basándose en supuestos efectos negativos sobre las colonias de otras aves acuáticas. Y digo supuestos porque muy pocas veces ha habido estudios previos que manifestasen la oportunidad de llevar a cabo el descaste; y hay aún menos trabajos que investiguen el efecto que tales descastes han tenido. Y aquí entramos nosotros... Con resultados curiosos muchas veces, tales como que el efecto depredador de las gaviotas no era ni mucho menos tan grave como se pensaba (pero siempre viene bien tener una cabeza de turco que desvíe la atención de problemas de contaminación o urbanismo que es preferible no airear mucho). O, que en colonias de p. ej. 1000 ejemplares donde se mataban 100, los huecos libres actuaban a modo de “reclamo” para las aves sin territorio; y al año siguiente había 1200.
Os vais a reír. Esta entrada se me ocurrió mientras pensaba que, si bien en Santa Pagèsa no dejan de enterrar gente; no parece que haya menos viejos por la calle...

3/10/07

Un poco de autopromoción

En la Quercus del presente mes de octubre aparece un artículo firmado por mi grupo, relativo a las interacciones entre ratas y pardelas cenicientas en las Islas Chafarinas; es una buena oportunidad para enterarse un poco del trabajo que hacemos... o bueno, que hacen ellos. En este mes no me he levantado mucho de delante del ordenador... Aprovecho de paso para recomendaros la compra y la difusión de esta revista, que es la única obra de divulgación naturalística de calidad que nos queda en este país, y a la que no le vendría mal un mayor número de suscriptores.

2/10/07

Hojas compuestas

Como en todo enclave mediterráneo que se precie de serlo, en Mallorca abundan las encinas y los pinos carrascos. Está además la isla cubierta de extensos campos de almendros, que ocupan tanto las zonas llanas como las laderas aterrazadas, y que imprimen al paisaje un resplandor níveo cuando sus capullos se abren saludando al primer sol de primavera.
Quería fijarme hoy sin embargo en otros dos representantes de la flora de estos pagos, ambos de hoja compuesta; imparipinnada para más señas. Uno es el lentisco Pistacia spp., al que estoy acostumbrado a ver formando matas inextricables de poco más de un metro, que cierran el monte, haciendo penoso el paso sin llegar a impedirlo del todo. Al abrigo de las colinas, y mimados por las temperaturas suaves y la permanente neblina húmeda, puxan (me hace gracia este verbo mallorquín para hablar del crecimiento de las plantas; porque en gallego se dice igual) aquí imparables hacia el cielo, alcanzando sin sonrojo alturas de arbolillo.
Otro detalle de la isla que me llamó la atención es la gran cantidad de algarrobos Ceratonia siliqua que medran por todas partes, más o menos domesticados. Mi primer algarrobo me lo encontré sin embargo hace casi un año, en el Clot de Galvany (Elche), durante la excursión del Congreso de la SEO. Por supuesto, lo primero que hice fue probar el sabor de una de sus vainas: no lo encontré desagradable; recordaba mucho al del fruto del almez, que también está ahora en temporada. Sin embargo, la textura acartonada y seca del fruto, y su indisimulable olor a heces, me hicieron comprender mejor cuánta hambre debió de pasar el hijo pródigo para desear llenarse el estómago de ellos. En Marruecos abundaban también los algarrobos, todos preciosos, como los ejemplares del valle de Bades de la foto de arriba; que resisten tanto los rigores de una sequía casi permanente como las avenidas otoñales del uadi donde sus raíces medio expuestas arraigaron hace ya cientos de años...

1/10/07

Se dio bien; se dio...

El sábado quedé por fin para pajarear sensu stricto. A través de Internet había localizado a Lalo, gallego de Muros afincado en la isla como albañil desde hace 20 años, después de que decidiese no volver a embarcarse tras hacer el servicio. Lalo es un celta modélico, de los que enamorarían a Murguía y a Pondal; pequeño, rubio y con los ojos color azul bandera.
Tras una breve parada en la salinas de Salobrar de Campos (arriba, con Lalo de espaldas), bullentes de limícolas, acudimos al cabo de Ses Salines, extremo sur de la isla, donde nos encontramos con Juanjo y Alfonso. Los tres se autodenominan “raptófagos”, y habían escogido el lugar para intentar captar el ligero paso postnupcial de rapaces a través de las Baleares. No hubo suerte en ese sentido, ya que sólo un halcón de Eleonor se dignó a pasar sobre nosotros, camino de la cercana Cabrera; pero el día quedó de sobra justificado cuando encontramos una urraca. Una urraca, sí; una mísera urraca, pero que por lo visto era la 2ª que se veía en las islas (o por lo menos, los saltos que daban se correspondían con semejante hallazgo).
Bien por la urraca... pero eso, que no dejaba de ser una urraca, y yo no me he venido a Baleares a ver urracas. Así que les dejé esperando a las rapaces que nunca aparecieron, y me perdí un poco entre los arbustos cercanos a la playa. Y hubo recompensa; aunque me pasé más tiempo convenciendo a las garrapatas que me asediaban por docenas de que se buscasen otra presa que atendiendo a los pájaros, finalmente mis tres primeras currucas baleares Sylvia balearica asomaron su preciosa cabecita gris azulada entre las ramas de una sabina mil veces retorcida por el viento de levante.