- “Hombre Antón! ¡Qué alegría! ¿Pero qué haces tú otra vez por aquí/laFacultad/Madrid...?”
- “Hola, je je. Nada, es que acabo de empezar con el doctorado...”
- “¿Con el doctorado? ¡Anda, qué bien! ¿Y sobre qué lo estás haciendo?”
- “Pues básicamente se trata de caracterizar los genes de la curruca capirotada que le confieren resistencia contra la malaria aviar...”
- “Ahhhhhh... Qué bien, ¿no?”
Y creen que no se les nota, pero la expresión de sus caras no oculta que lo que en realidad están pensando es “Ahhhhhh... ¿Y qué **** es eso?/ Ahhhhhh... Ya veo, igual de friki que siempre” Lo peor es cuando, creyendo que tienen que animarme ante la desgracia que me ha caído encima, intentan arreglarlo con frases del estilo de “bueno, por lo menos eso servirá para algo, ¿no? No como ésos que estudian la alimentación de las lechuzas/el aparato reproductor de los gusanos/los escarabajos de su aldea...”
En fin, yo, aunque sólo llevo 15 días, encantado con lo que estoy haciendo. Y no necesito ninguna justificación; puede que en este país donde sólo se suele valorar la cultura de museo y biblioteca parezca que el aparato reproductor de los gusanos no tiene mayor importancia, pero es precisamente en esta investigación fundamental, “por amor al arte”, donde yo veo que se logran los resultados más bonitos, y donde el investigador se hace más hombre, planteándose más los porqués y no tanto los para qués.
No sé, echaba de menos retomar el tema de ciencias y letras...