21/1/15

Patos en la cocina manchega

El pasado sábado me acerqué con Raquel y Vero a pasar frío y ver aves acuáticas a "la cocina manchega", que di en llamar así porque básicamente nos tiramos el día viendo tarros y cucharas....

Manjavacas. Todo el borde pálido era hielo
No vimos nada particularmente especial, pero salir al campo siempre es buena excusa para estar de charla, que Raquel estrenase la cámara que le habían traído los Reyes e ir sumando especies a la lista anual, aunque yo nunca me preocupe de anotar ésta. Y para fardar de estar a la última entre pato y pato, comentando que la última obra más autorizada en materia de taxonomía aviar resucita los géneros Mareca y Spatula, antes subsumidos en Anas, el primero para los tres silbones, el ánade friso y la cerceta de alfanjes; y el segundo para unos cuantos patos del grupo de los cuchara. Ea, ya he fardado aquí también.

20/1/15

Pa' que suba, suba la temperatura...

Cuando uno piensa que los problemas con los congeladores son cosa del verano, y que además terminada la tesis ya no hay que preocuparse por las muestras... sucede lo de ayer: dos congeladores con muestras estaban enchufados a una regleta, y en algún momento dado (imposible precisar cuándo, pero puede que desde antes de Navidad) el interruptor de esa regleta se apagó. Y nadie se fijó en que los pilotos estaban apagados... hasta que ayer alguien los abrió y se encontró con el pastel: todo, todo echado a perder. Muchas bolsas con currucas y lagartijas congeladas transformadas en amasijos goteantes, todas las cajas de muestras enmohecidas y deshaciéndose al tocarlas... y un olor punzante difícil de olvidar. Y ni se sabe cuánto tiempo y dinero invertido en las muestras tirado. Cómo mola el "trabajo de laboratorio"...

19/1/15

Boina

Tras semanas anticiclónicas de mañanas heladoras, calefacciones a tope, nulo viento y cielos cada vez menos azules; por fin el temporal de lluvia y nieve se llevó ayer mientras planchaba la boina de contaminación que asfixiaba Madrid. Y hoy el cielo luce, de nuevo, azul. Contador a cero.

17/1/15

Fuentes de error

En un estudio científico tipo, se mide el efecto de una serie de factores sobre una variable respuesta. Uno, lógicamente, espera escoger bien esos factores, de forma que pueda explicar la variación en la variable respuesta lo mejor posible: por ejemplo, para entender la variación en la longitud de una lagartija seguramente nos sea muy útil considerar como factor su edad, y no tanto medir la distancia desde el lugar de captura al nido de paloma más cercano. De todas maneras, no se puede medir todo, de forma que la lista de los factores estudiados es forzosamente limitada. Los factores que se dejan fuera, y que uno espera tengan la menor importancia posible, son las "fuentes de error" que impiden que se pueda explicar el 100% de la variación de la variable respuesta.
Algunos trabajos intentan precisamente estimar cómo de grande puede ser ese error, cómo de grande es el efecto de factores que a priori no se suelen considerar en un estudio dado; y uno de esos trabajos me ha llamado mucho la atención: en buena parte de Europa y de Norteamérica hay programas de seguimiento de aves a largo plazo. En España tenemos unos cuantos, alguno de los cuales como el SACRE van acumulando ya sus 15 añitos de existencia, y empiezan a ofrecer valiosos datos sobre tendencias poblacionales de aves (a veces ya no tan) comunes. 15 años no son pocos, pero en otros países programas similares suman ya decenas de años de acumulación de datos, lo que es mucho mejor. Muchos de estos programas buscan que, en la medida de lo posible, sea la misma persona la que se comprometa a visitar año tras año los mismos lugares en las mismas épocas, para que así el error por defecto o por exceso que pueda cometer se mantenga constante; pero con lo que no se contaba hasta ahora en que unos investigadores americanos han metido mano al asunto, es con que la persona en cuestión... envejece. Y a medida que envejece, su capacidad de detectar algunas especies (las de cantos más agudos, las más inquietas, las más discretas...) puede también perder precisión... Y sí, hay un efecto significativo de la edad de los censadores voluntarios en su capacidad de detectar algunas especies. Un efecto no muy importante, pero que debe llamar la atención sobre la necesidad de que haya una buena tasa de renovación entre los pajareros apasionados. Eso.

16/1/15

"¿Quién falta?" La cordura

De aquí
Tarde de rebajas. Y para equilibrar tamaño sufrimiento, merienda en La Central. Tras la tarta de queso, un poco de ojeo y hojeo al azar de los libros. Y entre ellos, uno cuya portada os muestro arriba: un libro para niños de poemas sobre animales extintos...

... poemas como éste, sobre el picamaderos picomarfil Campephilus principalis (de aquí):

Dicen que yo soy el más hermoso de todos los carpinteros
y uno de los más grandes: en tamaño sólo me supera el imperial.
Mi pico fue una preciada joya para los indios; con mis plumas adornaron sus cabezas.
Yo habité en los bosques americanos y allí me alimentaba
de larvas de insectos que picoteaba sobre los troncos y las lianas.
¡Qué sabroso y nutritivo era aquel manjar!
Pero llegaron los exploradores y me capturaron para exhibirme en los zoológicos.
Después, en los años veinte del siglo pasado, los hombres blancos arrasaron los bosques:
sembraron de maíz las grandes extensiones donde antes crecían árboles.
Ahora, el hombre sigue destruyendo la tierra, se arrepiente y, preocupado,
busca soluciones para evitar el efecto invernadero.
Renuncio a explicar este sinsentido:
me cortaron el vuelo antes de que pudiese protestar.

Conmovedor, ¿no? Y como éste, otros tantos textos llenos de versos del estilo de: "yo sólo soy un recuerdo", "desaparecimos de la Tierra para siempre", "ahora dicen que yo era atractiva, pero jamás volverás a darme caza"; "ahora vuelo en el viento de la memoria, y aquí ya no me podrán alcanzar", "no me busquéis allí", "me fui apagando poco a poco", "sólo quedamos los últimos", "vagamos por un mundo que no comprendemos", "una bala acabó con mi vida"... hasta la saciedad, hasta que cale bien hondo en las mentes infantiles que pertenecen a la peor especie de todas, y que lo mejor que pueden hacer probablemente sea morir cuanto antes. Lo que hay que leer...

14/1/15

¿De dónde venía el cormorán?

 Los bichos no se anillan porque sí. Anillar un animal sirve para individualizarlo, eso lo primero: anillar por ejemplo las currucas nos sirve a nosotros para, en caso de recapturarlas, evitar tomar muestras repetidas de un mismo ejemplar... o en el caso de recapturarlas, completar la información que tengamos sobre ella: saber cuánto ha sobrevivido, cuánto se ha movido, si han variado los parásitos que presenta... lo que se nos ocurra, vaya.
Aunque evidentemente para sacar sangre a un pájaro hay que manipularlo, en las especies suficientemente grandes pueden colocarse (a mayores de las anillas metálicas, que en principio deberían durar siempre) marcas de lectura a distancia, que permiten mientras duren identificar al ejemplar sin necesidad de capturarlo. Os he comentado en ocasiones anteriores los datos de anillas de PVC que he leído en gaviotas, y pego ahora debajo el historial del cormorán que vimos el jueves en Santoña, que muy amablemente me ha mandado su anillador a vuelta de correo:

Como veis, el bicho no se mueve mucho que digamos del puerto de Santoña, donde ya fue fotografiado en su primera observación (si os fijáis se ve el avance del desgaste en los bordes pálidos de las plumas juveniles de las alas). Según Álex, las anillas le pesan tanto al bicho que no consigue moverse del sitio...

Pero no, sí que se ha movido, aunque poco: desde la colonia donde nació a Santoña hay 23 Km en línea recta. Que no es tanto, pero tampoco los cormoranes moñudos son de dispersarse mucho... o bueno, eso se pensaba precisamente hasta que se empezaron a marcar, resultando que a fin de cuentas sí hay un buen trasiego anual de cormoranes a lo largo de la costa cantábrica... No dejéis las lecturas de anillas sin tramitar, ea, que ya veis que sirve para mucho :-)

12/1/15

Salto de fe (Sol de invierno, y III)

 La playa de La Soledad está separada del casco urbano de Laredo por el monte de La Atalaya. A mediados del S. XIX se empezó a construir allí un muelle. Para facilitar dicha tarea, se excavó un túnel que uniese más directamente la playa con el casco urbano... pero mientras se construía el túnel, una serie de temporales se llevaron por delante el muelle al que debía conducir. El túnel, abierto a una playa llena de cascotes, se puede visitar, como testimonio de que en este país llevamos ya siglos de chapuzas urbanísticas...

 Pero tras una breve despedida del mar, emprendimos ruta hacia el interior, a las tierras que rodean el Gorbea, apenas cubierto de nieve, donde los bosques de hayas y robles se abren en pastos para las ovejas latxas y los caballos de carne.

 Pretendíamos visitar un par de saltos de agua, notorios por su altura y belleza, que se abren en sendas brechas excavadas en la roca caliza por el agua a lo largo de los milenios. El primero el de Gujuli, que por las vicisitudes meteorológicas del invierno en curso apenas sí contaba con agua.

 Y después, por un sendero entre hayedos y pastos, nos acercamos a comer junto al salto del Nervión, la que con sus 222 m es la cascada más alta de la Península. Cuando Iván nos propuso visitar este sitio durante el viaje y, picado por la curiosidad, pues nunca había oído hablar del mismo, busqué fotos por Internet, me sorprendí de que semejante maravilla pudiera ser tan desconocida...

 ... pero claro, es que resulta que dicha maravilla sólo lleva agua cuando llueve mucho o en el deshielo. En el deshielo con que terminó el Pleistoceno hace 10.000 años me atrevería yo a decir, al ver lo seco del paredón por el que debería caer el chorro de agua.

 En cualquier caso, el valle de Délica que se abre a los pies del salto es igualmente bonito corra o no por él el protoNervión, y no me arrepiento de que pasáramos frente a estas vistas los últimos momentos del viaje, antes de volver a Madrid.

Y foto de grupo para el recuerdo, para recordar dar las gracias a todos por su inestimable compañía. Y en especial a Iván, por mover el viaje y poner casa en Laredo; y muy especialmente a Raquel, porque se subió al viaje aportando el coche que necesitábamos desesperadamente cuando ya casi habíamos desistido de poder realizarlo.