Hacia el otro lado el paisaje, con el monumento al soldado jacobita desconocido en primer término, tampoco estaba nada mal... Otra cosa no, pero hay que reconocer que, con los colores, el otoño echa el resto: la variedad de tonos amarillos, naranjas, ocres y rojizos de los montes escoceses le dejan a uno embobado; siempre con contrapuntos verdes aquí y allá. En concreto maravilla ver cómo los alerces (coníferas de hoja caduca, ahora de un bonito amarillento verdoso) esparcidos entre las plantaciones forestales forman caprichosos dibujos. o no tan caprichosos, ya que en una ladera había un enorme corazón vegetal que no creo que naciese por casualidad...
Eilean Donan, uno de los castillos más conocidos de Escocia, nos quedaba también de camino hacia Skye. La fortaleza, malamente defendida por un puñado de españoles enviados allí a morir por nuestro primer bienamado Borbón y un cardenal trabucaire, fue destruida en 1719, y reconstruida hace casi un siglo como residencia de la familia heredera del mismo.
Y junto al castillo, las primeras focas. Veríamos muchas más de esas al día siguiente, y para el día siguiente queda esa historia...
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