Por la tarde, de nuevo en la Avenida Complutense, un grupo familiar de urracas (los padres y dos pollos, encantadores con sus parches de piel desnuda en torno a los ojos y sus movimientos torpes) alborotaba en el suelo. Al pasar junto a ellas se apartaron un tanto, dejándome ver entonces un pollo medianejo de torcaz con el que se estaban "entreteniendo": agitándose patéticamente sin moverse del sitio, con la cabeza completamente ensangrentada. Seguí camino y las urracas volvieron a terminar de aparejar la cena... Es jodido esto de las urracas, que sin estar especialmente preparadas para matar se meten a ello con entusiasmo. Un día este año en clase de inglés nos preguntaron que qué animal nos gustaría ser; cada uno dijo su tontería y yo la mía: en vez de en las ventajas sólo conseguía ver los inconvenientes de ser cualquier otra cosa, así que prefería seguir siendo un ser humano.
El césped del Parque del Oeste aparecía salpicado aquí y allá de más cadáveres emplumados... Y en torno moscas, escarabajos y hormigas; esperándonos a todos.










