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Ya estáis viendo estas semanas que, por aprovechar mejor el tiempo, estoy yendo a la Facultad los fines de semanas; y en compensación me cojo libre el miércoles. Esto me permite disfrutar de un horario de autobuses más amplio que los fines de semana por si quiero ir a pajarear a algún lado, y me asegura también el que haya mucha menos gente. Pero como para hoy daban ayer lluvia decidí que me quedaría en casa trabajando con el ordenador, sin más.
Sin embargo esta mañana, aunque cubierto, no parecía que fuese a llover; así que he salido a dar una vuelta por el carril bici, que ya hacía más de un mes desde mi último paseo. Estaba todo como muy parado en el Fågelsångsdalen (el “valle del canto de las aves”; la reservita por la que iba caminando): No soplaba nada de viento, que normalmente hace crepitar intranquilizadoramente los enormes árboles muertos de la reserva; y de “canto de las aves” ni el primero. Con paciencia y sentidos despiertos fueron apareciendo, en cualquier caso: Empiezan a hacerse notar los zorzales alirrojos, aunque se mostraban muy desconfiados. Había mucho carbonero palustre, que aunque feúcho en comparación con sus coloridos parientes es un bicho que se me hace muy simpático; y me topé con unos cuantos grupetes de escribanos cerillos que, cosa rara en este bicho, no parecían tenerme mucho miedo, y pude disfrutarlos a gusto.
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