
Finalmente, llegamos hasta el curioso edificio: el sustrato pantanoso y las leyes de la Física amenazaron siempre con destrozar este capricho de un arquitecto medieval empeñado en desafiar los cánones del Románico. Las naves laterales, demasiado elevadas, lejos de ayudar a sostener la central se separan de ella, curvándose cada una hacia un lado, como queriendo formar una enorme flor de Lys; y los arbotantes dieciochescos añadidos a la estructura para evitar su derrumbe le otorgan al conjunto un extraño aspecto de artrópodo gigante o de osamenta pétrea; tal vez una barca de piedra, como aquella del S. I, varada panza arriba con sus costillas al aire, junto al río... Una visita provechosa, y que ya tocaba.
Y después más gente, más paseos, más tapas... Y al tren enseguida, después de comer. Objetivo para la próxima visita a Santiago: Conxo, castillo y monasterio.
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