14/1/13

¡Gracias, Sirin!

 Gracias Raquel, por ofrecerte a poner coche y a llevarnos de un lado para otro con una sonrisa siempre en los labios. Gracias Vero, por ser capaz de situar en el mapa un lugar aparentemente igual que cualquier otro, perdido en medio de La Moraña. Pero sobre todo, ¡gracias Sirin, por tus ganas de mear! Aunque mejor empecemos por el principio...
 Y "el principio" es que el sábado nos acercamos los cuatro por la mañana a la laguna de El Oso, trascurrido un año después de mi primera visita. Guarecidos del viento dentro del observatorio, pasamos la mañana viendo todo lo que se dejó ver; patos, básicamente.
 Y es que había una buena diversidad de los mismos: ánades frisos, rabudos o cucharas, en la foto de arriba. Y silbones en la de abajo.
 Y cercetas y azulones. Y agujas colinegras, zarapitos reales, agachadizas... lo suficiente para pasar el rato entretenidos hasta que los gansos, que habían pasado la mañana comiendo por los sembrados aledaños, llegaron a mediodía a beber, bañarse y sestear. Y en medio de los ánsares comunes dos ánsares caretos, que nunca sobran. Ya mientras nos marchábamos, todo el paterío se revolucionó cuando una de las águilas imperiales ibéricas de las que crían en la zona se paseó sobre la laguna, aunque sin hacer amagos claros de tirarse a por el almuerzo...
 Nosotros sí lo hicimos, empero, y nos metimos un buen menú del día entre pecho y espalda. Templados ya por la comida, no nos arredró ver que las nubes se iban cerrando y descargando a ratos, e intentamos ponerle una buena guinda al día de pajareo, apuntando alto: en una visita a la zona hace tres años, al meter el coche por una pista de tierra Vero y sus acompañantes habían tenido la buena fortuna de toparse con un dormidero (los búhos duermen de día, jeje, claro) de una de mis bestias negras: el búho campestre Asio flammeus, una especie típica de áreas abiertas como juncales, brezales o cultivos, que cría en el suelo, reproductora escasa y moderadamente abundante en invierno en nuestro país. Vero había apuntado la localización aproximada del sitio en su día (¡benditos cuadernos de campo!), y dimos unas cuantas vueltas con el coche intentando localizar sin éxito  alguna de estas bonitas aves. Ya desesperanzados, bajamos en un momento del coche para echar un último vistazo a lo lejos con los telescopios, y estirar las piernas y colocar todo con orden para volver del tirón a Madrid. La perra se acercó a mear a unas matas de la cuneta, que no levantaban ni dos palmos, y al hacerlo ¡se materializaron seis búhos, seis; que habían permanecido totalmente inmóviles en invisibles al pasar a centímetros de ellos con el coche unos instantes antes! Increíble...
 Las aves además apenas se alejaron unos metros, y después de unos minutos se volvieron a meter entre los cardos del borde del camino, mimetizándose de una manera inimaginable para el que no lo ve con sus propios ojos... pero ¡vaya si los habíamos disfrutado ya! Ojalá todo lo que me tache este año venga tan bien dado...

4 comentarios:

Sonia dijo...

Jajaja, tuvo que ser emocionante. Me hubiese gustado ver tu cara de ilusión. ¿Aplaudiste? :-P
Y qué sobrados, no uno, sino seis...

Antón Pérez dijo...

No aplaudí, no; ¡no eran vencejos! :-p

Vero dijo...

Y gracias, Antón, por la sensación inédita de intermediarte un bimbo!

... y por el hombro, los chistes y las gracias ;)

Antón Pérez dijo...

En justicia tuviste tú más mérito que la perra, es cierto :-p